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Completando el puzle… del alma

Cada ser humano está llamado a ir recolectando las diferentes piezas que han dado forma a su ser único y original, de modo que pueda comprender su puzle y aceptarse con paz para ser luz para los demás. De lo contrario, siendo inconscientes de lo que nos precede y rodea, podemos caer en la tentación del ego y aferrarnos a un falso yo que nos debilita y enferma como personas y como humanidad.


Teniendo la certeza de que todo recorrido humano es singular y pintado con luces y sombras, es esperable que muchos transiten la primera mitad de la vida avanzando a toda velocidad. Su existencia se centra en salir adelante, consolidarse, tener un “nombre”, una estructura que les confirme que son alguien y que poseen cierta seguridad. Sin embargo, como en el peregrinaje del hijo pródigo, en un momento el hogar llama como un imán y anhelamos regresar a la esencia, al proyecto primero, a la autenticidad de quien Dios soñó en cada uno de nosotros.



Recoger las piezas en la interioridad

Conocernos a nosotros mismos no es un simple ejercicio de voluntad, ni el mero fruto de una buena terapia o acompañamiento espiritual, sino un trabajo lento y minucioso de ir recolectando historias, anécdotas, recuerdos, imágenes, rostros, situaciones, anhelos, heridas, alegrías y vivencias que nos fueron esculpiendo desde la concepción y más allá. Es necesario recoger muchísima información de nuestros antepasados, sus propios periplos y todo lo que corre por la sangre familiar. Como sostiene la epigenética, lo que somos viene también preñado de nuestro origen, y hay que conocerlo para poderlo integrar.

Una vez que empezamos a encontrar piezas, debemos convertirnos en excavadores de nuestra interioridad. El ejercicio de tratar de poner cada pieza en su lugar es picar con esfuerzo, siendo conscientes de cómo nos afectó cada vivencia para bien o para mal. Hay que separar el polvo del oro y descubrir las vetas propias que sellan nuestro tesoro y singularidad. No hay un alma igual a otra, aunque provengamos de la misma familia, pues la misma genética y su diversidad confirman que cada uno es un amasijo irrepetible de características, piezas únicas de un puzle imposible de replicar.



Conócete a ti mismo

Si sabemos más hondamente de dónde venimos, si somos conscientes de todos los vínculos que nos fueron conformando, si reconocemos los misterios dolorosos y gozosos de nuestra encarnación, tendremos más posibilidades de pulir el tesoro interior. Los griegos ya lo señalaban como máxima de sabiduría, pues en la conciencia se esconde la capacidad de administrar mejor nuestros dones y aceptar compasivamente nuestras debilidades y defectos. Solo al ensanchar la verdad que nos constituye podemos ser un aporte genuino para los demás.


familia

Jesús es el mejor armador de puzles. En su encarnación, el Señor conoció y experimentó todas las luces y sombras humanas; reconoció todas las piezas y las supo poner en su lugar. Vivió el amor en su máxima expresión de donación y también sufrió el desamor más hondo, con todo su horror y destrucción. No se escandalizó de ninguna pieza y nos enseñó que el único camino para “rearmarnos” y vivir en plenitud, libertad y paz interior es la verdad y el amor: a nosotros mismos, a los demás y a Dios Padre.



Decisión

Completar el puzle del alma no es una tarea opcional: es la vocación más honda de nuestra existencia. Jesús no apartó ninguna pieza de su humanidad; abrazó el gozo, la ternura, la amistad, pero también el miedo, la soledad y el dolor más radical. Al hacerlo, nos mostró que la plenitud no está en negar lo que somos, sino en integrar con amor lo que parecía fragmentado. Hacer de nosotros un kintsug1i real, pegando con “oro puro” todo lo que se rompió con anterioridad.


Por eso, el desafío no es hacerle el quite a las piezas que nos incomodan, sino recogerlas, mirarlas de frente y ponerlas en su lugar, tal como Él lo hizo. Solo así podremos volver al hogar del Padre con la dignidad recuperada, con el corazón reconciliado y con la alegría de quienes se saben enteros. Y allí, en ese reencuentro con nuestra verdad más honda, se desata la verdadera fiesta de felicidad: la de haber vuelto a ser lo que siempre fuimos soñados por Dios.

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