Corazón de madre
- Trini Ried
- 10 mar
- 3 Min. de lectura
Corazón de madre
Una de las experiencias más conmovedoras de las entrañas es la partida de un hijo. No hablo de su muerte, sino de ese paso natural de la vida cuando ya pueden volar por sus propios medios y comienzan a alejarse del nido materno con libertad. La combinación de emociones, sentimientos, pensamientos y sensaciones es difícil de describir y prácticamente incomprensible para quien no los ha gestado en su vientre, pero probablemente es la vivencia más parecida a conocer el corazón de Dios.
Cuando un hijo se va de casa, ciertamente se siente una satisfacción intensa al ver los frutos de un largo y esforzado camino. Se contempla con orgullo el proyecto ya “acabado” de humanidad que hemos gestado y acompañado, y respiramos tranquilos al ver cómo nuestro retoño resuelve y construye su propio destino. Sin embargo, junto con eso, también sentimos que se horada un pedazo del cuerpo psíquico y algo del físico, produciendo una ventosa vital que da frío en el alma. No es temor, tampoco tristeza; es dolor de útero por no poder abrazarlos como antes ni cuidarlos como nos gustaría.

Confianza y entrega
Dejarlos ir es un acto heroico que exige fortaleza y fe en la vida, porque nos expone como madres a una cuota de vulnerabilidad extrema que ya no podemos controlar. Lo que les suceda, lo que decidan, lo que coman, lo que hagan, ya no depende de nosotras, sino de su propio discernimiento y libertad. Con suerte, podremos enterarnos de todo lo anterior y orientar, apoyar y estar disponibles si es que nos lo solicitan, pero ya nunca más volverán a estar bajo nuestras alas de protección, seguridad y cuidado.
A diferencia de los hombres, las madres quedamos con un vínculo eterno con los hijos que no se ve, pero sí se siente, y es más intenso de madre a hijo que a la inversa. Y es natural que así sea; las mamás nos alimentamos de verlos florecer, mientras que ellos están preparando su propio terreno para empezar a cultivar la vida. Ese “embudo” amoroso es lo que cuesta, porque es un duelo, una pérdida, una renuncia que se acepta y ofrece con paz, porque sabemos que ahí radica la plenitud y felicidad del otro.
Dios es Madre
Junto con la figura del Padre que nos mostró con tanta elocuencia el Señor, las líneas que acabo de escribir creo que son un tímido reflejo del amor que Dios siente por cada uno de nosotros. Somos esos hijos que se han ido de casa, que miramos siempre hacia adelante, que estamos construyendo vidas y que “hinchamos” el corazón divino con orgullo, gozo y también nostalgia del vínculo que se debilitó al partir.
La Cuaresma es tiempo de amor. Si, como mamás, se nos levanta el alma cuando volvemos a estar con nuestros hijos ya crecidos, ¿cuánto más se alegrará Dios Padre y Madre si en estos cuarenta días equilibramos “el embudo” y lo amamos más, dándole abrazos, mimos, gracias, alabanzas y todos los gestos de amor que podamos imaginar? Y la mejor forma de hacerlo es dándole todo esto a los demás. Ahí podemos volver a ser niños y dejarnos acurrucar en su presencia tierna y fuerte que nos dará la alegría que tanto anhelamos. No seamos hijos descariñados ni malagradecidos; su amor es un desborde de gracias, y para recibirlo solo debemos hacer espacio en la agenda y en el corazón.




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