Cuando el abrazo no llega
- Trini Ried
- 30 oct
- 2 Min. de lectura
Hay dolores y dolores, pero uno de los más sutiles y difíciles de sobrellevar es aceptar que el amor que sentimos no es correspondido en la misma medida. Descubrir que una relación está desequilibrada duele. Recuerdo cuando no fui invitada a la boda de la hija de una amiga a quien consideraba muy cercana. Tuve que hacer el duelo de entender que para ella yo no ocupaba el mismo lugar.
En cada vínculo se establece un baile único, un ir y venir de energía que no podemos controlar, pero sí sentir. Hay relaciones donde el flujo es armonioso y hacemos un “tango espectacular”. En otras, por más que lo intentemos, aparecen los tropiezos, los pasos en falso y duele cada pisotón.
Tendencia natural
Nuestra tendencia natural es la confianza, la entrega total. Esperamos ser amados como amamos, pero la vida nos enseña que no somos “monedita de oro”. No siempre nos querrán del mismo modo, ni nosotros podremos amar más de lo que sentimos. En ese intercambio desigual se teje la trama humana del amor y del desamor, de la felicidad y el sufrimiento.
De ahí la importancia de reconocer la realidad y vivir el duelo de dejar de esperar lo que no llegará. Es una muerte simbólica: bajar los brazos porque el abrazo no vendrá. Cambian las prioridades, los pensamientos y se infarta un pedazo del corazón. Pero, con lo que queda vivo, debemos aprender a seguir. Así es la vida: un tejido de hilos entrelazados de amor y de pérdida.
Un torrente infinito e insondable
Sin embargo, hay un vínculo donde esto no ocurre y que es nuestra única responsabilidad. Se trata del baile que Dios tiene con cada uno de nosotros. Él/ella siempre nos ama, nos tiene en la primera línea, estamos en sus pensamientos, todo el tiempo nos mira y nos tiene en su corazón. Sabe todos los pasos y nos espera para bailar juntos en cada segundo. Su flujo de amor es un torrente infinito e insondable que corre por nuestras venas y se nutre con toda la creación.

Quien ha experimentado el gozo de ser amado y el dolor de no ser correspondido, puede vislumbrar cuánto sufre Dios cuando no cuidamos nuestra relación con Él. Mientras algunos dedican su vida a corresponderle, la mayoría apenas lo recuerda, lo niega o lo hiere con su indiferencia. Cuántas veces dejamos a Dios con los brazos extendidos, sosteniendo una mirada que no devolvemos.
No podemos obligar a nadie a amarnos más de lo que lo hace, pero sí podemos amar más a Dios. Podemos ser más conscientes de su presencia, de que somos su prioridad. Reagendar nuestras vidas para corresponderle mejor. Aprender nuevos pasos para que nuestro “tango existencial” le provoque gozo. Porque amor con amor se paga, y así nos acercamos a su Reino y a la paz del corazón.
Trinidad Ried G.




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