Cultivando cielo aquí y para la eternidad
- Trini Ried
- 1 ago
- 3 Min. de lectura
Cultivar Cielo Espiritual
Desde el primer asomo de conciencia, cada ser humano se convierte en un sembrador del cielo o del infierno, tanto en la vida terrena como en la eterna. Y es que, con cada encuentro, acción, omisión, actitud o relación, dejamos una semilla que germina, brota y crece mucho más hondo de lo que podamos dimensionar.
Todo lo que somos, hacemos o dejamos de hacer en la existencia trasciende no solo en el plano físico, presente y futuro, sino también en el espiritual, augurando la belleza o el tormento con el que nos vamos a encontrar después de la muerte.
La inmensa mayoría de las personas nos afanamos corriendo por obtener lugares, ser reconocidos, tener seguridad económica y social, lo que en sí mismo no está mal, pero nos olvidamos de la verdadera razón de nuestra existencia. En el viaje misterioso de nuestra alma, Dios nos regala la oportunidad de cultivar el terruño espiritual donde permaneceremos por siempre.
Sembrar cielos
Cada vez que somos amables, generosos, justos, pacíficos, alegres, creativos, bondadosos, serviciales, y todas las virtudes que podamos encarnar, estamos cultivando verdaderos “árboles y flores” en el otro lado del velo que separa lo visible de lo invisible, hermoseando el espacio en el que habremos de habitar.
Si gestamos obras que hacen el mundo mejor, lenta pero sistemáticamente se empiezan a edificar cielos compartidos con otros que nos precedieron o que van a venir.
Si nos vinculamos con respeto y amor con los demás —especialmente con los que más nos cuestan—, nuestra morada eterna también explota de fecundidad en rostros, vivencias y relaciones amorosas que nos van a abrazar cuando ya no estemos acá.
Mientras más vínculos/semillas nutritivos tengamos, nuestro cielo se irá expandiendo de modo infinito, con una diversidad maravillosa.

Dios y su generosidad
Al crearnos, Dios, como Padre/Madre, nos regala la vida como una herencia que podemos usar para bien o para mal. TODOS tenemos derecho “a un terreno o habitación” en el regreso a su casa, pero podemos encontrarnos con un lugar celestial o un desierto lúgubre y desolado, donde solo hay dolor y maldad.
El Señor nos pone los medios, los vínculos, los dones y recursos para sembrar lo mejor, pero en nuestro libre albedrío podemos optar por destruir, depredar, secar y aislarnos de todo vestigio de vida y amor.
Gestar infiernos
Cada vez que actuamos movidos por el egoísmo, la violencia, la ambición, el abuso, o tantas actitudes y acciones que nos alejan de los demás, de nosotros mismos y de Dios, el “vergel prometido” lo empezamos a talar, a secar, a despoblar, a empobrecer, a debilitar, a carcomer de un modo tan ciego y brutal que ningún vestigio de compasión puede sobrevivir.
El cielo se vuelve yermo, solitario, oscuro, amenazante, estéril y plagado de fieras como la desesperanza, el rencor, el resentimiento, el autodesprecio y el desamor.
Que no pase un segundo más de nuestra vida terrenal sin despertar a la verdadera naturaleza de esta misión encarnada. Todo lo mundano será polvo y cenizas, por más que nos afanemos en figurar o asegurarnos en lo material.
Cada día de la existencia es un despliegue maravilloso de semillas de belleza, bondad y vínculos que podemos cuidar con esmero, para después contemplarlas en la eternidad.
Nadie ni nada es casualidad, sino una oportunidad para enriquecer nuestro cielo —y el de todos— aquí y ahora, para la vida eterna. ¡Qué felicidad!
Ya nos lo dijo Jesús: “Háganse tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni óxido que corroan, y donde los ladrones no perforan ni roban. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6, 20-21).




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