Devoción popular: humanidad en cueros
- Trini Ried
- 22 jul
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Acabo de tener el privilegio de participar en la fiesta de La Tirana, en el norte de Chile, que congregó a más de 250.000 personas en un pequeño caserío rodeado de inmensidad desértica y silencio. Es la celebración en honor a la Virgen del Carmen (patrona del país) más multitudinaria y contrastante, donde, por la diversidad de experiencias, es posible contemplar a la humanidad desnuda, con toda su belleza y su miseria.
Realidades tan polarizadas y chocantes solo pueden amalgamarse gracias a la devoción popular y el esfuerzo de más de 10.000 bailarines y músicos que llegan desde todos los rincones del país, vestidos con sus mejores trajes, para agradecer y pedir a la Madre de Dios su intervención. Ya decía el papa Francisco que bailar es rezar tres veces y, claramente, esa tierra se riega cada 16 de julio con la gracia del Señor. A ellos se suman peregrinos, comerciantes, curiosos y tramposos que buscan, en medio de la multitud, su propia oportunidad.
Búsqueda de sentido
La confianza y entrega auténtica de tantos no pueden reducirse a simples transacciones o mandas (como se les suele llamar a las promesas hechas tras recibir un favor de la “Carmelita”), sino que expresan una compleja y preciosa búsqueda de sentido, de protección, de amor materno/paterno que todos necesitamos para sobrellevar las dificultades de la vida.
Los trajes brillantes, llenos de bordados y alusiones religiosas; las trenzas con pompones de colores y los estandartes dedicados a la Virgen, revelan la belleza y gracia connaturales al ser humano. Los cantos entonados desde el pecho, el baile repetitivo y cadencioso, el ritmo ensordecedor de los tambores y las voces chillonas de las trompetas dan testimonio de una fe que sobrecoge y conmueve por su genuinidad. Son gritos de almas desgarradas por el sufrimiento, pidiendo consuelo, abrazo, contención, sanación y propósito. Son espíritus agradecidos hasta la médula por la gracia y la bendición recibidas; sus ofrendas son alabanza que despierta el sopor del calor desértico como un oasis en el corazón.

Pero también conviven en las procesiones máscaras, diabladas e imágenes de terror que revelan el otro lado del ser humano: aquel que seduce, tienta, sucumbe y se rinde a la desesperanza. Dicen que representan una especie de catarsis o exorcismo del mal que nos habita, y que la Virgen sabe derrotar. Porque somos divinos y profanos, y la devoción popular lo sabe, lo reconoce y lo interpreta a la perfección.
La Virgen, madre de todos
No pude evitar imaginar a María contemplando el espectáculo humano desde las alturas del templo, recorriendo con sus propios ojos esa diversidad en todo su esplendor y complejidad. Debió haberse embriagado con la mezcolanza de bandas tocando al unísono; haberse conmovido con las súplicas y oraciones entretejidas con ventas callejeras y ofertas de todo tipo; haberse enternecido con los miles de niños y jóvenes que se le acercaban, y dolido con la pobreza, el frío y la miseria de la inmensa mayoría; debió haber sufrido por la rigidez y lejanía de algunos religiosos, y agradecido la ternura con que otros trataban a los peregrinos. Perros, buitres y gatos completaban el cuadro, en un ambiente recargado de humo, fritangas, rosarios, medallas y pregón.
Y ,sin embargo, su manto (extendido a través de cintas de colores) estoy cierta de que llegaba a cada corazón. Santos y pecadores fueron alcanzados por su amor incondicional, y sus lágrimas de gratitud y compasión regaron cada alma de la región.
El desierto más árido del mundo (y el de tantos seres humanos) floreció por unos días gracias a la devoción del pueblo de Dios. No existe otra explicación para que, en medio de la nada, rodeados de pobreza y soledad extremas, esta fiesta no solo persista, sino que crezca cada vez más en medio de la secularización. La Virgen del Carmen (y todas sus advocaciones en el mundo) son, sin duda, un puente hacia la salvación.




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