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El deber de ver… con los ojos de Dios

Hoy, al ir a hacer unas compras al supermercado, una mujer me saludó. Como me cuesta juntar nombres con rostros, respondí casi en automático con un afectuoso “¿Cómo estás?”. Su silencio dubitativo y su aspecto demacrado me alertaron de que algo andaba mal. “Ando muy triste. Mi hija Gracia murió hace un mes”, me dijo, justo cuando mis neuronas conectaron quién era y la tragedia familiar que padecía: su hija adolescente había muerto de una enfermedad autoinmune en apenas tres semanas.


Me estremecí hasta los huesos y sentí el peso de su dolor como madre. Me costó atinar en cómo acompañarla. Sólo la abracé con todo mi amor y le compartí el contacto de un coach en duelo que pudiera sostenerla desde lo espiritual y lo profesional. Sin embargo, la experiencia me dejó tocada en lo más hondo. Lo que recé y reflexioné después creo que también puede ayudar a otros.


Los extraños

Así como esta conocida cargaba una cruz tan grande en los pasillos del supermercado, inevitablemente pensé en las cruces ocultas que podían cargar todos los que allí estábamos. Cesantía, cáncer, soledad, divorcio, depresión, duelos y tantas otras realidades nos habitan y caminan con nosotros, escondidas bajo la apariencia de lo cotidiano.


Con los ojos del mundo, esas cruces son imposibles de detectar y de aliviar. Nuestros vínculos superficiales y el ir y venir apresurado fácilmente nos llevan a ensimismarnos en nuestras propias pérdidas, sin considerar las de los demás. Así, nos volvemos extraños solitarios en medio de la comunidad, perdiendo la posibilidad de ayudarnos, acompañarnos y sobrevivir a la cruz que nos toca cargar.


lagrimas


Agravantes

Al creciente individualismo se suma el ritmo acelerado de la vida, la sobrecarga de información y malas noticias, la polarización, la desconfianza, la agresividad y la distancia que hemos normalizado en nuestras relaciones. Todo esto hace que las cruces ajenas no sólo se tornen invisibles, sino que incluso busquemos evitarlas. El dolor del otro se convierte en una carga incómoda de la que preferimos huir, para protegernos de tanta fatalidad que ya nos cuesta digerir.


“No hay quien se lleve las habas peladas” —como decimos en Chile, es decir, nadie se libra del sufrimiento—. Todos cargamos pérdidas, preocupaciones y enfermedades que en algún momento nos doblan. Somos hermanos en la vulnerabilidad. Y, sin embargo, aun sabiendo esto, muchas veces vivimos anestesiados, sin desarrollar la empatía ni la compasión necesarias, porque el alma y la agenda están saturadas. Sólo resisten los vínculos más cercanos o de interés, pero hemos perdido una gran cuota de humanidad que necesitamos recuperar. Es un deber vernos con los ojos de Dios: para vivir más plenos, sobrellevar las tristezas inevitables y revertir el paradigma de la indiferencia.



Jesús, modelo contracultural

Frente a todos los estereotipos ególatras, autosuficientes y obsesionados con el rendimiento que nos propone la sociedad, Jesús es quien mejor nos rescata de la indolencia. Él no pasaba de largo: miraba a los ojos y se conmovía. Veía el corazón de cada uno, reconocía su cruz y la asumía como propia, aliviándola.

Así también hoy, su modo de proceder es bálsamo para nuestra fragilidad. Cuando sentimos la preocupación y el amor genuino de otros, constatamos que, aunque lo estemos pasando mal, no estamos solos. Esa certeza fortalece la esperanza, renueva la fe y nos permite continuar con la cruz a cuestas, pero ya no doblados, sino acompañados.

Él mismo padeció la muerte para mostrarnos que siempre hay resurrección, pero sólo en la medida en que hay vínculos de amor como los que vivía con su Padre. Hasta la pena más horrible y dramática se hace más llevadera si sabemos que alguien nos acompaña y que nuestro dolor le importa a otro.


Somos seres profundamente relacionales: en la salud y en la enfermedad, en la gloria y en la cruz. Nos necesitamos unos a otros para peregrinar por la vida. Sólo cuando aprendemos a mirar con los ojos de Dios descubrimos que nadie carga solo su cruz, y que incluso en la noche más oscura amanece la resurrección.

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