Impotencia vs omnipotencia
- Trini Ried
- 5 ago
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Impotencia vs omnipotencia
Es paradójico ver cómo, como humanidad y como personas en particular, transitamos en el péndulo de la existencia oscilando entre la omnipotencia de creernos casi dioses y la fragilidad misma de la vulnerabilidad extrema. Parecieran ser fuerzas centrípetas y centrífugas propias del ADN que nos tironean y tensionan para nuestro crecimiento y evolución. Lo importante es no quedarse pegado en ningún polo, porque eso es el inicio de nuestro fin y destrucción.
Vamos por la omnipotencia en primer lugar: con el desarrollo de la tecnología, la globalización de la economía, la irrupción de la IA y la creación de tantos lujos y productos de consumo, fácilmente cada uno de nosotros puede creer que controla su vida, que puede asegurarla y prever todo lo que le va a suceder. Hay quienes incluso creen posible la inmortalidad y el eterno bienestar.
El conflicto de irse a este lado del péndulo es que el ego se infla; germinan la soberbia, el egoísmo y la paranoia de perder el poder. Para revertir eso surgen, naturalmente, la cosificación de los demás, el abuso, la violencia y la maldad enarboladas como escudos de beneficio personal.
La impotencia: Terremotos, tsunamis, inundaciones, incendios y otras catástrofes —provenientes de la naturaleza y también de nuestro interior— nos demuestran, sin embargo, el engaño de todo lo anterior. En segundos percibimos nuestra pequeñez y nos sentimos desvalidos e impotentes frente a una realidad que nos supera, y que sólo podemos atravesar con paciencia y fe de que pronto va a cesar.
Amar y servir
Cuando estamos en este lado del péndulo vital, sentimos vértigo, angustia, un miedo paralizante y somos incapaces de encontrar salidas u oportunidades para continuar. En tales circunstancias puede salir lo mejor de cada uno… o lo más brutal, aferrados a una supervivencia donde el otro puede ser un salvavidas o un enemigo potencial.

El camino del medio: Creernos dioses nos hace muy mal como personas y como comunidad, pero creernos una miseria también, porque ni una ni la otra se ajustan a la verdad. Como hijos de Dios tenemos capacidades, dones, recursos, inteligencia y, por sobre todo, la posibilidad de amar y servir, creando maravillas, moviendo montañas y superando cualquier obstáculo o adversidad. Sin embargo, por el mismo hecho de reconocernos vulnerables y creaturas —y no dioses—, nos sabemos vinculados a todo y a todos, y de ahí la docilidad para fluir con la vida y aprender de cada ola que haya que surfear.
San Ignacio y su lección. Alguien que comprendió la hondura de esta verdad fue este santo, a quien hace poco pudimos celebrar. Hacer como si todo dependiese de nosotros habla de poner todo nuestro empeño, creatividad, trabajo, esfuerzo, sana ambición y entusiasmo en transformar el mundo, capear los temporales y sacar adelante lo imposible. Pero sabiendo que todo depende de Dios, alude a nuestra condición de hijos: necesitados, frágiles y dependientes unos de otros para sobrevivir y resistir las fuerzas que no podemos dominar.
Pan partido y repartido
Milagros en el vaivén del péndulo: cuando logramos integrar ambas realidades —la fuerza y la fragilidad— con humildad y conciencia, algo profundo se despierta: una espiritualidad encarnada, que no niega el dolor ni idealiza el poder, sino que se ofrece como camino de humanidad reconciliada. Ahí se instala también la Eucaristía como signo de esta tensión y de su redención: un Dios omnipotente que se hace impotencia en pan partido y repartido. Un Dios que no elige el esplendor de la gloria, sino la hondura de lo humano para salvarnos desde adentro.
Entre la impotencia y la omnipotencia, el Evangelio nos invita a caminar con los pies en la tierra y la mirada en el cielo, con la certeza de que Dios habita en ese punto medio: donde la confianza se vuelve fuerza y la debilidad, puerta de entrada a lo eterno.




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