La verdadera amistad
- Trini Ried
- 11 jul
- 3 Min. de lectura
La verdadera amistad (ese lazo íntimo que nace de la confianza, la lealtad y la transparencia) se ve cada vez más amenazada por un mundo veloz y ruidoso. En un tiempo dominado por las imágenes, la superficialidad y el rendimiento, este vínculo esencial para la vida también se ve afectado en su hondura y calidad. Y es que no es lo mismo tener conocidos o recibir un ‘like’ en una red social que contar con el amor incondicional de alguien con quien realmente se puede compartir el alma.
Si cada uno de nosotros fuese consciente de cómo se han ido debilitando los vínculos que nos sostienen (como la familia, la comunidad y los verdaderos amigos), probablemente podríamos reaccionar y revertir el avance del mal. Sin embargo, este es muy astuto: no actúa de golpe, sino que va inyectando pequeños virus de enfermedad.
En primer lugar, aparece la falta de autenticidad en el ser, cuando ponemos todas las energías en la “farándula social”. Comentarios, rumores, noticias intrascendentes y banalidades van creando el terreno perfecto para la pérdida de confianza y la comparación con los demás. La ropa, los viajes, la diversión, el éxito, las posesiones, los logros y la “espuma de la vida” pasan a ser el alimento fundamental de las relaciones, y se pierde la vida misma, con toda su belleza y complejidad.
Todo va empeorando
Listo el caldo de cultivo, comienza el fermento perverso que deteriora toda amistad. Aparecen los grupos privilegiados, y las personas se empiezan a etiquetar según su éxito o popularidad. Se discrimina a quienes intentan ser ellos mismos, y la tiranía del grupo comienza a operar. Por pertenecer, se hipotecan la libertad, la compasión, la solidaridad, la justicia y todas las virtudes que nos hacen verdaderamente humanos.
Poco a poco, nos podemos transformar en fieras que se ríen y excluyen a otros sin conciencia del daño que están generando. Esto, a gran escala, ocurrió en tragedias de la historia como la Alemania nazi o el Ku Klux Klan. Pero no necesitamos mirar tan lejos: lo mismo sucede muchas veces en nuestras familias, trabajos, círculos de amistad y vínculos cotidianos, donde usamos cualquier diferencia como excusa para demostrar nuestra aparente superioridad.
La valentía de un creyente
Jesús jamás formó sectas ni usó su divinidad para excluir. Estaba abierto a conocer, amar, sanar y relacionarse con todos, ofreciendo su propia vida para salvarnos. Era su modo natural de proceder, que permitía a cada persona sentirse más humana, reconocer su dignidad y saberse amada, sin importar su origen, oficio, género o edad.
Su corazón estuvo abierto a la humanidad, como su costado herido, y ese es el único modelo que debemos imitar, aunque nos cueste la impopularidad o atravesar el duelo de la soledad. Un cristiano debe vivir con heroísmo y valentía su verdad, sin ceder a vínculos tóxicos o desechables que, aunque frecuentes, sólo generan debilidad.
El ejemplo de Jesús
Jesús mismo lo dijo a sus discípulos: “Ya no os llamo siervos… Os llamo amigos” (Jn 15,15). Su amistad era presencia fiel, consuelo en la noche, verdad sin juicio, compañía hasta la cruz. Él enseñó que ser amigo es entregar la vida, permanecer en el dolor y no huir cuando el otro se muestra vulnerable.

Tal como dice el Evangelio de san Lucas, Jesús nos advierte: “¡Id! Yo os envío como a ovejas en medio de lobos. No llevéis dinero, ni alforja, ni calzado, y no os detengais a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, decid primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’. Y, si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a vosotros”.
Con sencillez y autenticidad
No gastemos la vida y el amor que nos habita donde no los reconocen ni los quieren cuidar. Silo sigamos caminando tranquilos, con sencillez y autenticidad, acompañados de verdaderos amigos, para testimoniar que el modo de proceder del Señor es el único que humaniza y gesta unidad.
En un mundo herido por la prisa y el ego, el alma humana sigue necesitando lo más antiguo y sencillo: una amistad que abrace, que diga la verdad, que no huya y que nos devuelva a un hogar seguro e incondicional. Por eso, la re-evolución amorista también pasa por revisar la calidad y profundidad de cuánto amamos y la reciprocidad de quienes nos rodean. Tal vez descubramos que tenemos muchos conocidos y pocos amigos fieles, hombres o mujeres, con quienes contar. Pero sí contamos con Jesús, el mejor amigo que podamos imaginar: fiel, paciente, compasivo y siempre presente.




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