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Ver y escuchar: antídotos contra el vacío existencial

Cada vez me convenzo de que nada de lo que nos pasa es casualidad, sino una misteriosa diosidencia donde Dios se hace presente para dialogar y rescatarnos de los extravíos que, como “ovejas hijas de nuestro tiempo”, nos solemos encontrar. Así me pasó esta semana, donde varias vivencias aparentemente inconexas fueron escribiendo un mensaje elocuente que deseo compartir como un modo de exorcizar el mal que también me ataca. Y es que la imagen, el ser útil, el tener éxito y el control, entre otros, son patologías que nos acechan a todos haciéndonos perder el camino, la paz, lo importante y el amor como razón de ser y hacer en la cotidianeidad.


Producto del paradigma que nos envuelve, cada vez son más personas las que se encuentran vacías de sentido, mordidas por una soledad que las despedaza por dentro y asediadas por los lobos de la ansiedad, angustia, incertidumbre y temor que los hacen dudar de su valor y dignidad. Como no “encajan” con el molde de felicidad impuesto, piensan y sienten que son prescindibles y que nadie los va a extrañar si faltan. Algunos se engañan con descargas de placer efímeras con sobredosis de dopamina, pero más temprano que tarden vuelven a sufrir con la idea del autodesprecio y desamor.



Para ver y escuchar el mundo

“Nacimos para ver y escuchar el mundo”, dice Durian Sukegawa en su evocador libro ‘Dorayaki’, donde trata el sentido de la existencia de cada uno de nosotros, especialmente si parece no ser tan productiva ni útil a la sociedad. A este texto se sumó un video de Eric Fromm que llegó a mi celular y donde él advertía, décadas atrás, del peligro de que la psicología se pervirtiera en su misión y se convirtiera en un aliado del capitalismo exacerbado para creer que estamos “fallados” al sentir ese dolor del alma que grita por un sentido mayor.


El mensaje divino se terminó de fraguar cuando, en menos de 15 minutos, contemplé el abismo de diferencias entre las personas, casas y calles de un barrio en extremo pobre al sector más elegante de la capital, sin dejar de sorprenderme por la primavera exuberante y seductora que no me paraba de hablar. La cordillera nevada, los cerros amarillos y verdes, cientos de flores silvestres y una brisa tibia y embriagadora se asomaban a saludar diciendo que la vida es mucho más que tener o trabajar.


oracion familiar

¿Es que la vida, efectivamente, se trata de correr y acaparar todo tipo de bienes para asegurar la esquiva felicidad? ¿Es que aquellos más vulnerables, enfermos, ancianos, débiles o marginados son solo una carga para la demandante productividad? ¿Es que yo misma soy un fiasco si no he logrado todo lo que creía y sufro con demasiada frecuencia de inseguridad? ¿Es que añorar una vida más honda, más lenta, más justa, fraternal y bonita es solo una rebeldía espiritual atemporal e inútil? ¿Para que nos creó Dios si no cumplimos con todas las exigencias del prototipo actual?



Atentos a la vida misma

Cuando me detengo a ver y a escuchar todo lo que me rodea y me habita, desde las aves hasta mi propio palpitar, soy consciente de que la frase de Sukegawa es real. Estar atentos a la vida misma es un antídoto para el veneno social que se inocula en nuestras mentes con total validación del sistema. No somos máquinas de utilidad con obsolescencia programada, listos para ser desechados cuando no sirvamos más. Somos un precioso presente, respirando la vida en un ir y venir donde podemos unirnos a todos y a todos y bailar con el universo por la eternidad.


Somos un envoltorio físico relleno de amor bullendo, y con eso ya tenemos sentido para el mundo, para nosotros mismos y para los demás. No necesitamos producir; solo ser coherentes con ese modo único de expresar ese amor en la realidad. Conectarnos a la vida y dejar que Dios haga todo lo demás. Quizás a esto se refería san Ignacio de Loyola cuando decía que nuestro principio y fundamento es buscar y hallar a Dios en todas las cosas. La vida entera tiene como fin último contemplar, alabar y servir a Dios en lo cotidiano.

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